Hablar del origen de la literatura fantástica puede ser confuso. En cierto modo, es innegable que lo fantástico, lo maravilloso, siempre han estado ahí. En la mitología, en los cuentos clásicos, en las fábulas… la literatura universal está repleta de literatura alejada del realismo.
Sin embargo, igual que un individuo en particular, el ser humano como especie atraviesa distintas edades, durante las cuales no expresa las mismas inquietudes de las mismas formas, sino que las va adaptando a su entorno y conocimiento.
Si hablamos de la cultura occidental, que a fin de cuentas es la que configura nuestra cosmovisión, podemos decir que en el paso de la Edad Moderna a la Edad Contemporánea se van gestando los géneros literarios tal y como hoy los entendemos, y eso sería aplicable a la ficción especulativa y sus subgéneros.
Tiene sentido: estamos quizá en pleno cambio de época. Nuestros esquemas culturales aun son los de la edad que termina. Aunque no serán los mismos dentro de cien años, cuando los medios de difusión, los soportes y las formas de consumo sean, presumiblemente, muy diferentes.
¿Acaso se lee igual en el libro electrónico que en el de papel? ¿Se escucha música en plataformas igual que se hacía en soporte físico?
No.
El cambio es ahora. Es la única constante.
El origen de la literatura fantástica moderna
Podríamos decir entonces sin necesidad de llamarme cazurro, que el origen de la literatura fantástica como la conocemos sucede con la Ilustración.
El auge del racionalismo provoca que se abandonen, en gran medida (aunque nunca del todo), las explicaciones sobrenaturales y místicas del mundo. El conocimiento busca lo científico, el empirismo, la demostración racional. Denostado lo sobrenatural, lo que queda mas allá de la razón es simplemente imposible. La literatura, y en concreto la novela, abraza el realismo, el costumbrismo, busca la emoción a través de lo cotidiano.
¿Y entonces, lo fantástico?
Si nos definimos por lo que pensamos, o que sentimos y lo que hacemos, la razón había conquistado (afortunadamente) lo que pensamos, y en consecuencia, lo que hacemos. Sin embargo lo que sentimos, lo emocional, es algo más complejo. Lógicamente (sic), seguía habiendo campos que escapaban del conocimiento racional: la muerte, lo desconocido, o lo que haya tras ello, que por definición no puede explicarse, seguían abonados en el s. XVIII a la emocionalidad. Y allí se genera una estética: la del miedo a la muerte y el más allá (de la vida, de una puerta mal cerrada).
Es esta estética la que crea el gusto por lo terrorífico, y fomenta el concepto de «lo sublime»: lo extraordinario y sorprendente fuera del canon clásico de belleza. ¿El new weird de China Mievile? Pues el del XVIII sería el old weird.
En cierto modo, el Siglo de las Luces, con su foco de quinientos watios, descubrió a la vez las sombras. Porque como decía al principio, esto es cultura occidental y siempre acabamos en algún tipo de dialéctica. No hay escapatoria.
Obras fantásticas del s XVIII
Una anotación: no voy a distinguir entre géneros, y de algún modo, cuando digo fantástico me refiero a toda la ficción especulativa, sin entrar a diferenciar entre literatura fantástica, maravillosa, ciencia ficción, terror, etc., porque la cosa podría ponerse farragosa. Lo que quiero es conjurar esas obras que escaparon, por estética y por que el mundo las hizo así, del reflejo especular de la realidad. Ver qué sucedía en el origen de la literatura fantástica.
Cándido o el optimismo – Voltaire, 1759.
Defender esta obra como fantasía excede mis propios parámetros de provocación gratuita. Sin embargo, no es realismo: es una obra satírica que, en ese cambio de época en el que se inscribe, no deja títere sin cabeza del viejo mundo que, visto con perspectiva, agonizaba. Nombrarla me sirve para recomendarla encarecidamente, por un lado, y para ubicar en contexto histórico a las siguientes.
El castillo de Otranto – Horace Walpole, 1764.
Y así, mientras un ilustre como Voltaire iluminaba el mundo, Walpole escribió esta obra característica de la narrativa gótica. No tiene nada que ver con el estilo medieval, sino a la reacción contra el pensamiento de la Ilustración que surgió en Inglaterra a finales del XVIII. Miedo, oscuridad, sucesos paranormales y el pasado que se cuela en el presente.
¿Y la tribu urbana esa que viste de negro? Sí, bebe de aquí. de este libro. Parece que tuvo algo de influencia, sí.
Walpole bebe de las obras de Shakespeare, y nos presenta un castillo encantado que fusiona historias de aroma medieval con el terror. ¿Suena arquetípico? sí, lo es. Pero es que esta novela creó el arquetipo. Sin él, no existiría la famosa foto de las hijas de Zapatero.
Ojo.
No podía perdonar un chiste fácil. Por malo que sea.
El viejo barón inglés – Clara Reeve, 1778.
Reeve decir, y reconoce, que toma la obra de Walpole, el del párrafo anterior, y la continúa. Pero no solo eso, sino que, sin desmarcarse e las características principales de la novela gótica, se acerca a la literatura prominente dela época, la realista. Un primer itnento de legitimar la literatura fantástica, o una lectura de marketing, falta de capacidad de decisión para hacer una cosa u otra…
Un romance siciliano – Ann Radcliffe, 1790.
Radcliffe fue la super ventas del género gótico en la última década del siglo. Supo crear nuevos clichés del género, como el villano byroniano (¿Byron? ¿Pero no era de Radcliffe? lo creó ella y le pusieron el nombre de un autor posterior…). Otra característica propia es que siempre juega con la ambigüedad del origen de lo sobrenatural: ¿es sobrenatural o tiene una explicación más terrenal? Radcliffe es la antesala del romanticismo, la narradora gótica por excelencia.
Obras fantásticas del siglo XIX – El Romanticismo
Así que el origen de la literatura fantástica como la conocemos sería la narrativa gótica inglesa, lo que tiene mucho sentido. La Ilustración, aunque de influencia continental, no deja de ser un hecho eminentemente francés. El antagonista inglés tenía que revolverse. Y aunque el racionalismo y el pensamiento científico siguieron avanzando, también la reacción se extendió por todo el continente. Y es en el otro clásico antagonista de Francia, Alemania, donde la reacción tiene más fuerza. El romanticismo explota en Alemania, con autores principales como Goethe.
El romanticismo toma como propias algunas características estéticas que ya apuntaban durante la Ilustración: lo onírico, visionario, macabro, nocturno, terrorífico, la sombra de toda la luz liberada.
El romanticismo descubre que el terreno de lo desconocido es mucho mayor que aquella realidad que podía explicarse con la razón. Y lo explota. Eran gente oscura. ¿Los románticos eran Emos? No creo. Pero tiene su gracia.
A mí me la hace, vaya.
Werther – Goethe, 1776.
No es fantástico, no es siglo XIX. Es el pistoletazo de salida oficial al romanticismo alemán. Comienza la época del exceso de la bajona, los suicidios juveniles como trending topic y la emocionalidad por la emocionalidad. ¿Racionalismo? El otro extremo.
Alemania conoce una serie de poetas que conforman su edad de oro: Goethe, Holderlin, Heine, Novalis. Schiller en teatro.
Los elixires del diablo – E.T.A. Hoffmann, 1815
E.T.A. Hoffmann fue un músico alemán (sí, músico), cuya actividad artística principal fue la música. He dicho que era músico.
Sin embargo es conocido actualmente como escritor. Y ya está, tiremos las teorías sobre el enfoque, el esfuerzo, el talento y demás, a la basura, todo parece caprichoso. También fue jurista, pintor… lo de los talentos múltiples iba a ser esto.
Si como músico influyó en Beethoven o Tchaikovsky, como escritor resultó ser una influencia notable para Edgar Allan Poe, Gautier o Kafka. Hoffmann escribía sus obras en unas pocas semanas. Estaba ocupado el hombre, no me extraña.
En Los elixires del diablo un monje virtuoso conoce la vanidad y la lujuria, y termina metido en una espiral chunga de muerte, destino y con la desgracia de estrenar un fenoeno muy turbio de la literatura: el doppelgänger. El doble que te hace la vida imposible. Que igual no lo estrena, pero a partir de aquí los autores le cogen gusto.
Frankenstein o el moderno Prometeo – Mary Shelley, 1818.
En 1816, el año que se quedó sin verano por un volcán islandés, Mary Shelley era una joven de apenas 19 años y recién casada. En su ruta de luna de miel, su marido la lleva al palacio de un amigo: un tal lord Byron.
Otra vez este.
Allí, sin Netflix ni posibilidad de vivir su vida libremente haciendo scroll para abajo con el pulgar de las dos manos, Byron reta a los Shelley y a su médico, John Polidori, a escribir una historia de terror. El único que la termina es el médico pero ¿a ti te importa?
A nadie.
A ver, Polidori escribió El Vampiro, que tampoco está mal.
Pero Mary Shelley salió de allí con un concepto poderoso.
Mary Shelley va a crear la primera obra de ciencia ficción de la historia, ubicando al género en el mismo origen de la literatura fantástica moderna. Y lo hace acotando el positivismo tecnológico, avisándonos sobre los riesgos de jugar a ser dios y, de paso, exorcizando sus propios demonios: la falta de amor, el rechazo del que ella fue víctima durante su vida, y la búsqueda sin éxito de consuelo. Habla también de la mujer, la creadora de la vida que es relegada por la sociedad, y de los peligros del embarazo. Así, con un monstruo cabezón y dos tornillos mal puestos.
Mary Shelley se casca un clásico inapelable de la literatura una noche aburrida.
Aburrirse es necesario.
Echamos de menos aburrirnos y no somos conscientes.
Edgar Allan Poe
No he elegido una única obra de Edgar Allan Poe porque su mayor aportación está en los relatos, donde aborda diversos géneros:
terror: El corazón delator, El gato negro.
ciencia ficción: La incomparable aventura de un tal Hans Pfaal, El poder de las palabras.
fantástico: La caída de la casa Usher, Ligeia.
detectivesco: Los crímenes de la calle Morgue, La carta robada.
macabros: El pozo y el péndulo, Berenice, El entierro prematuro.
También fue poeta y ensayista, y se ganó la vida como periodista. Seguramente conozcas El cuervo, que es un poema en prosa, y que le valió una buena dosis de hate de William Butler Yeats y Ralph Waldo Emerson. No se puede gustar a todo el mundo.
Llegando al final
En este post quería hacer un pequeño repaso a la historia, pero solo con el origen de la literatura fantástica he superado cualquier noción normal de post legible. Dicho esto, te amenazo con la segunda parte. Soy consciente de lo mucho que me he dejado.
Antes debo hacer notar que nada de esto sería posible sin Maupassant, sin Todorov o, sobre todo, sin este libro de David Roas que debes comprar si te interesa lo fantástico:
Mientras tanto, para insultos, recomendaciones, correcciones o aportaciones, tienes la sección de comentarios y mi correo. Aunque para insultos, tienes más concretamente cualquier foro de diario político o deportivo, que ya están curados de espanto. Aquí aún nos podemos sonrojar con esas cosas.
Recuerda: continuará.
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